Un clic de salud a la alimentación en la etapa adulta

Un clic de salud a la alimentación en la etapa adulta 

“Comer bien es mucho más caro”, “la vida no me da para encerrarme a cocinar”, “la comida sana es aburrida”, “demasiado mayor para cambiar mi alimentación”, “estoy muy ocupad@ para andar planificando menús” … La retahíla de justificaciones a las que recurrimos los adultos para intentar normalizar unos hábitos alimentarios poco saludables es inagotable. 

A pesar de que esquivamos responsabilidades culpabilizando a la falta de tiempo, el estrés cotidiano o las pocas aptitudes culinarias, tod@s somos plenamente conscientes que la alimentación es mucho más que un simple acto de subsistencia. Es un pilar fundamental para una buena salud física y mental, especialmente cuando nos adentramos o estamos plenamente inmersos en la etapa adulta. 

La forma en que nos alimentamos influye de manera significativa en nuestra calidad de vida, energía, estado de ánimo y longevidad. Por lo tanto, comprender y priorizar una alimentación equilibrada se vuelve crucial para alcanzar un bienestar integral. Sin excusas.

Alimentar la prevención 

La dieta de una persona adulta juega un papel fundamental en la prevención de enfermedades crónicas como la diabetes, enfermedades cardiovasculares, hipertensión, obesidad y algunas tipologías de cáncer. Una alimentación rica en frutas, verduras, granos integrales, proteínas magras y grasas saludables ayuda a mantener niveles adecuados de glucosa en sangre, reducir el colesterol y la presión arterial, y controlar el peso corporal.

Otro de los aspectos más importantes de una alimentación equilibrada es asegurar el aporte adecuado de nutrientes esenciales. Las vitaminas, minerales, antioxidantes y otros compuestos presentes en alimentos como aguacates, zanahorias, frutos secos, aceite de oliva o plátano, entre muchos otros, desempeñan un papel vital en el funcionamiento óptimo del cuerpo humano. 

El calcio y la vitamina D también son fundamentales para mantener la salud ósea y prevenir la osteoporosis, una enfermedad común en la edad adulta. De manera similar, los ácidos grasos omega-3, presentes en pescados grasos como el salmón y la caballa, tienen efectos positivos en la salud cardiovascular y cerebral.

Una mente 

Una alimentación equilibrada no solo beneficia al cuerpo, sino también a la mente. Numerosos estudios han demostrado la estrecha relación entre la dieta y la salud mental. Consumir una amplia variedad de alimentos frescos y nutritivos mejora el estado de ánimo, reduce el estrés y la ansiedad, e incrementa la claridad mental. Por otro lado, una dieta que otorgue demasiado protagonismo a grasas saturadas, azúcares refinados y alimentos procesados hace aumentar el riesgo de depresión y trastornos del estado de ánimo.

Además de los beneficios físicos y mentales, una alimentación equilibrada en la edad adulta mejora la calidad del sueño y aumenta los niveles de energía. La ingesta de alimentos ricos en nutrientes durante el día proporciona al cuerpo la energía necesaria para afrontar con solvencia las actividades diarias y mantenerse concentrado. En cambio, una dieta desequilibrada o el consumo excesivo de alimentos procesados pueden provocar picos de azúcar en sangre seguidos de bajadas bruscas, lo que puede incentivar la fatiga y la somnolencia.

Un enfoque equilibrado 

Inculcar hábitos alimenticios saludables en nuestra vida adulta no solo beneficia al individuo, también a la sociedad en su conjunto. El aumento de la esperanza de vida y la reducción de la incidencia de enfermedades crónicas se traducen en un menor gasto en atención médica y una mayor productividad laboral. Promover una cultura de alimentación saludable tiene un impacto positivo en las generaciones futuras, ayudando a prevenir la transmisión de malos hábitos de padres a hijos.

Es importante tener en cuenta que la alimentación saludable no está focalizada en seguir dietas restrictivas o de privarse de alimentos placenteros. Se trata simplemente de adoptar un enfoque equilibrado y sostenible hacia la comida, basado en la variedad, la moderación y el disfrute. Incorporar pequeños cambios gradualmente, como aumentar el consumo de frutas y verduras, elegir granos integrales en lugar de refinados y limitar el consumo de alimentos procesados y azúcares añadidos, puede tener un impacto significativo en la salud a largo plazo.

La dieta mediterránea, un patrón alimentario de enorme arraigo en nuestro territorio facilita la adopción de unos hábitos sencillos, asequibles y sin grandes hipotecas de tiempo para los adultos. Una manera de alimentarnos que cuida de nuestra salud, calidad de vida y bienestar físico y mental. Sin excusas ni justificaciones.  

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